La industria textil emplea a más de 26 millones de personas y representa el 7 % de las exportaciones globales, sin embargo, según datos de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) también es la segunda más contaminante del mundo. Dentro de ella, el modelo dominante es la moda rápida, que al ofrecer cambios constantes de colecciones a bajo precio, resulta en prendas de baja calidad con menor durabilidad que luego pasan a convertirse en desechos.
Fast fashion es el fenómeno en el cual se introducen colecciones de ropa que han sido tanto diseñadas como fabricadas de forma acelerada y a bajo costo siguiendo las últimas tendencias; mediante este modelo, el consumidor tiene la posibilidad de acceder a prendas a precios asequibles de forma continua. Su diseño, fabricación, distribución y comercialización es sumamente rápido, por lo que demanda agilidad por parte de las marcas para así poder satisfacer los gustos cambiantes de las personas.
La estrategia fast fashion produce un daño irreversible al planeta; sus efectos van de la misma forma acelerada con la que se realizan las prendas. La contaminación del agua, la emisión de gases contaminantes y los gastos de energías no renovables son algunas de las consecuencias, dado que la industria de la moda es la responsable del 10 % de las emisiones de dióxido de carbono, la que más agua necesita a nivel global y la culpable del 20 % de los desechos tóxicos que se vierten al mar.
Se dice que al año se producen más de 60 millones de toneladas de ropa y una gran cantidad de ella termina incinerada o en vertederos. Los desechos que producen estas acciones en su mayoría no son biodegradables, ya que más de la mitad de la ropa que se realiza es confeccionada con materias primas sintéticas que pueden demorar siglos en descomponerse.
No obstante, el problema de la moda rápida no sólo es ambiental. Las empresas recurren a la explotación de distintos agentes en la cadena productiva. En países como Cambodia, China y Bangladesh, las condiciones laborales son precarias, con sueldos miserables y horarios de trabajo sin límites. La mayoría de la mano de obra textil se realiza en países en vías de desarrollo.
¿Qué podemos hacer al respecto?
Al conocer todos las consecuencias negativas que produce el fast fashion es normal que se nos pasen por la cabeza las posibles acciones a llevar a cabo para sus consecuencias ambientales y sociales. Aunque parezca difícil, hay muchas iniciativas que se pueden tomar para sumar, elegir fibras orgánicas y naturales cuya producción no precise de sustancias químicas, optar por ropa fabricada en países que apliquen una normativa medioambiental rigurosa en sus fábricas, apoyar a emprendimientos locales y usar ropa de segunda mano son algunas de ellas.
Moda lenta y consciente ¿Privilegio de pocos?
Existen debates que hablan sobre el privilegio que se tiene al comprar prendas de moda sostenible. Si bien es cierto que adquirir prendas de moda ética puede ser mucho más costoso que la moda rápida, el verdadero cambio empieza desde el consumidor. Comprar menos, la reutilización de textiles, cuidar la ropa que ya se tiene son formas de ser más conscientes y de contribuir a aminorar el impacto contaminante de la industria de la moda en el planeta.
Reducir la huella de carbono es parte del deber que tenemos cada uno de los que habitamos el planeta tierra, además, el respeto por las condiciones laborales y económicas de los trabajadores que han participado en todo el proceso, desde la materia prima, hasta el punto de venta, es algo que nos concierne a todos.
Ahora antes de comprar algo, pregúntate: ¿Quién hizo tu ropa? ¿Esta marca respeta a sus trabajadores? ¿Qué estoy utilizando realmente? La moda va mucho más allá de la apariencia, es un reflejo de lo que somos por dentro.


