La revolución, la irreverencia y la transgresión son algunos de los factores que se esconden detrás de la minifalda: la prenda que lleva más de medio siglo siendo parte del armario femenino. Su invención marca un antes y un después tanto en la historia de la mujer como en la historia de la moda.
Hay distintas versiones sobre quién inventó la prenda, entre ellos están Mary Quant, André Courrèges, John Bates y Jean Varon compitiendo por el título, sin embargo, el 10 de julio de 1964, la colección Primavera – Verano de la diseñadora de modas británica Mary Quant fue lanzada y con ella, la minifalda, cuyo nombre fue dado en honor al Mini Cooper, el auto favorito de Quant.
La diseñadora, quien era motor de la moda en la ciudad que estaba marcando el ritmo para ese momento, trajo a la luz la pieza que marcó una nueva tendencia, convirtiéndose en un ícono femenino de sensualidad para las mujeres londinenses y con el tiempo, para las mujeres alrededor del mundo. Para ese entonces, pocas mujeres habían utilizado minifaldas, hasta que empezó a venderlas en su boutique Bazaar de la calle King’s Road.
Para Quant, fueron las chicas en la calle quienes inventaron la minifalda, dado que sus clientas le pedían que acortara más sus creaciones, siendo un gran impulso para su creación, sin embargo, su más grande musa fue una bailarina de zapateo a la cual espiaba en el estudio de danza donde tomaba clases de ballet.
“Tenía puesta una falda corta plisada de unos 25 centímetros de largo, con un ajustado suéter negro, medias negras y un corte de pelo bob. Lo que me sorprendió fue cómo toda su apariencia se enfocaba en lo que tenía en sus pies: un par de calcetines blancos y un par de zapatos de zapateo con correas en los tobillos… Desde ese día quedé fascinada con esa hermosa imagen de piernas y los tobillos”, le contó Quant a la revista The Week.
Aunque en sus inicios la minifalda fue una provocación más que una tendencia y destinada a la gente joven, luego comenzó a ser una moda generalizada, aceptada por muchas mujeres que encontraron en ella una pieza innovadora, refrescante y femenina que se alejaba de la industria rígida a la que estaban acostumbradas.
Es así como el auge se extendió rápidamente hacia las celebridades quienes no dudaron en utilizarla. Desde Twiggy, Bridgitte Bardot y Nancy Sinatra, hasta la primera dama de Estados Unidos de la época, Jaqueline Kennedy, le apostaron a la minifalda integrándola en forma de vestidos y trajes formales.
La prenda de 35 centímetros de largo fue amada por muchas, pero al mismo tiempo fue objeto de controversia para otros, ya que, aunque fue el símbolo de la liberación femenina en la revolución de los años sesenta, tuvo muchos contradictores que intentaron prohibirla al considerarla inmoral y provocadora para los hombres.
Con esta contradicción, la minifalda se impuso como una expresión de personalidad y rebeldía, una muestra de confianza para quien la usara y una reivindicación de las libertades personales frente a los criterios colectivos y la imposición de gustos. Desde ese entonces, quien llevara la minifalda podía considerarse una persona segura de sí.
Aunque la historia de la minifalda ha tenido altos y bajos, es una prenda que sin lugar a dudas se ha convertido en un clásico del armario femenino, fruto de una idea ingeniosa. Una pieza cuyo espíritu rebelde e inconformista aún permanece, representando la liberación femenina, porque «las mujeres queremos ser lo que somos».

